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Sunday
Jun282015

Las recientes sentencias de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos y la lección de Charleston

Durante la semana que acaba de terminar, la población estadounidense ha sido impactada por hechos trascendentales que, aunque parezcan aislados, tienen estrecha relación en lo humano. Primero, el fallo de la Corte Suprema que declara constitucionales los subsidios de salud a personas de bajos ingresos, bajo el sistema conocido como Obamacare. En segundo lugar, la sentencia de la Corte Suprema que legaliza el matrimonio entre personas del mismo sexo, en todos los estados de ese país norteamericano. Finalmente, el terrible asesinato de 8 personas en una iglesia de Charleston, Carolina del Sur, como consecuencia del odio racial.
Analicemos el primero de estos hechos. A pesar de la férrea oposición que hicieron los intereses de las empresas aseguradoras y los negocios relacionados con los servicios médicos y hospitalarios, la más alta corte de justicia de los Estados Unidos declaró la constitucionalidad de las acciones del plan de salud conocido como Obamacare, que garantiza el acceso a seguro médico, incluidos subsidios si fueran necesarios, a millones de estadounidenses de la clase pobre y clase media, los sectores más vulnerables económicamente hablando. Con el Obamacare, esos ciudadanos podrán contar con acceso a un seguro de salud que hasta hace poco les resultaba imposible obtener. En un país en donde los servicios médicos son realmente caros, esto significa una probabilidad de vida para los más necesitados.
A raíz de este fallo, los voceros del Partido Republicano -cuyo único afán parece ser la defensa de las posiciones más retrógradas de la humanidad y de favorecer a los sectores más ricos y privilegiados- han elevado su habitual nivel de alharaca y retórica en contra del Presidente Obama y la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos. Resulta verdaderamente impresionante la irracional vehemencia con la que se manifiestan los defensores del argumento conservador. Para ellos, la iniciativa propuesta por el “Affordable Care Act”, nombre con el que se conoce el reciente fallo de la corte, es un intento de introducir el socialismo en el país norteño, algo que los acerca, según su torcido razonamiento, a un sistema comunista semejante al que existió en la Unión Soviética.  
Esta demostración de ignorancia, la misma que sustenta cualquier dañina acción surgida de la intolerancia, no refleja la realidad. En los Estados Unidos se han aplicado programas de asistencia socializada como el Seguro Social, el programa de ayuda alimenticia (Wellfare) y el programa medico subsidiado Medicare, desde hace décadas y son perfectamente aceptados por la población. ¿Por qué esos mismos voceros republicanos no han salido a despotricar contra estos programas y pedir su eliminación? ¿"Obamacare" es comunismo pero esto otro no? Es una muestra más de la hipocresía de estos políticos que pretenden ser voceros del sentimiento y opinión del pueblo norteamericano.
El fallo de la corte, que hace la aclaración de una confusión semántica en el articulado de la ley que creó el Affordable Care Act, no solo apoya la intención de la ley original si no que la libera de ser paralizada por las continuas demandas ante los tribunales locales, una estrategia utilizada por los republicanos desde que fue presentado el proyecto en 2010. El ganador evidente a partir de la sentencia de la corte ha sido el sentido común y la justicia, al ofrecer protección a millones de personas y permitirles el acceso a servicios de salud que anteriormente les eran vedados, por no calificar para los mismos o por no poder pagar los costos de los seguros médicos existentes.
Veamos ahora los efectos del otro fallo de la Corte Suprema. Recibido con igual hostilidad por el mismo sector conservador del Partido Republicano, el fallo que legaliza el matrimonio entre personas del mismo sexo en todo el territorio estadounidense, representa otra situación en la que el sentido común derrota al prejuicio, a opiniones sustentadas en conceptos arcaicos, congelados en el tiempo, que ya han sido superados por los cambios sociales, la ciencia y la misma realidad.
Con independencia de lo que cada quien piense acerca de la práctica sexual y el matrimonio entre personas del mismo sexo, deseo expresar mi opinión al respecto de este tema. En primer lugar, creo que el Estado no debe legislar sobre el amor, ni condicionar su desarrollo entre dos personas adultas; cada persona tiene el derecho de amar a quien quiera y a su manera y considero que no es asunto del gobierno determinar esto.
El argumento que esgrimen quienes opinan desde la perspectiva de las creencias religiosas, es que el propósito del matrimonio es procrear, y que la unión entre personas del mismo sexo no cumple con esa noción. Pero un análisis rápido a ese argumento descubre inmediatamente sus debilidades: entonces cualquier pareja que no pueda procrear, ya sea por infertilidad o por edad avanzada, tampoco puede casarse. Prohibir el matrimonio a personas que se aman y quieren compartir su vida, porque no tienen capacidad de fecundar, es inhumano y antidemocrático. 
Por otro lado, el matrimonio cumple la función de ordenar las relaciones de un grupo humano, es una necesidad legal que establece derechos y privilegios, y crea accesos a servicios que de otra manera no serían posibles. Negar estos derechos y accesos a las personas que no encajan en la categoría de matrimonio heterosexual representa una negación a los derechos humanos y a los derechos civiles de ciudadanos y contribuyentes.                                  
La Constitución de los Estados Unidos busca definir reglas que permitan el desarrollo del argumento social, a través de los tiempos. Pero es absurdo pretender que un documento del siglo diecisiete pueda imponerse a la evolución de la sociedad y del conocimiento, especialmente a partir de los avances y descubrimientos de los últimos años. Con su sentencia, la Corte Suprema simplemente atendió los mandatos del proceso democrático: proteger los derechos de los asociados y dilucidar cualquier duda al respecto, todo esto después de brindar a la sociedad la oportunidad de presentar sus razones y argumentos, tanto a favor como en contra de la propuesta. 
Finalmente, deseo hacer algunas reflexiones acerca del brutal asesinato de nueve personas de la raza negra, mientras atendían clases bíblicas en una iglesia de la población de Charleston, Carolina del Norte. El crimen fue perpetrado por un joven blanco de 21 años, que había sido invitado a formar parte de la misma sesión de estudios. Después de la masacre, se descubrió que el joven había publicado fotos suyas en las redes sociales, junto a las banderas de Rhodesia del Sur, estado racista sudafricano hoy desaparecido, y la de la Confederación del Sur, la alianza de estados del sur de los Estados Unidos, creada para defender la existencia de la esclavitud y que terminó enfrentándose a los estados del norte en una cruenta guerra civil que todavía arrastra consecuencias. También se han encontrado escritos del joven en los que utilizaba epítetos racistas contra latinos, judíos y negros. ¡Otra vez la intolerancia!. 
La mayor lección que podemos extraer de este brutal acto, genocida y terrorista, es la actitud adoptada por un grupo de ciudadanos negros de Charleston, entre ellos algunos familiares de los asesinados. Se rehusaron a responder con el odio al joven asesino y lo perdonaron públicamente. Ha sido una de las reacciones más contundentes y sobrias que recuerde, después de Nelson Mandela. Preguntados sobre la razón de su perdón, respondieron: “Si albergamos en nuestro espíritu y en nuestra mente el mismo odio que él siente hacia nosotros, y que lo indujo a cometer tal acto de violencia, entonces nos convertiríamos en otro como él y contribuiríamos a que el odio continue existiendo. En cambio, al perdonarlo evitamos su influencia en nuestras vidas y mostramos toda la verdadera magnitud de su error”. 
Espero que esta lección jamás abandone mi alma y mi mente. Por lo general, a todos nos resulta difícil perdonar a quien nos causa daño. Pero es totalmente cierto que nuestro odio solo provoca la extensión y perpetuación del mismo odio que originó nuestro dolor, al nutrirlo y darle vida. Aclaro que perdonar en el alma no significa excusar ni justificar el mal acto, así como tampoco se puede desconocer la responsabilidad criminal o civil que se desprende de la acción dañina.
Ha sido una semana de eventos, consecuencias y enseñanzas que esperamos puedan ser estudiadas, analizadas y aprovechadas, incorporándolas a la razón universal que construye una mejor sociedad, un mejor mundo. 
Un abrazo a los lectores y mi agradecimiento por su tiempo y su interés.

Rubén Blades | New York,  28 de Junio, 2015

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